sábado, 8 de octubre de 2011

No era la misma.

Allí estábamos, en el mismo lugar de siempre, aunque esta vez no era como las de otra epoca, esta vez, fuimos como dos desconocidos que algún día se conocieron...  Si algo te caracterizaba cuando estábamos juntos era el hecho de fastidiar relativamente todo lo que hacíamos juntos, y digo "relativamente" porque al final, gracias a eso, algo más bonito aún, ocurría. Y, ¿cómo ibas a dejar de hacerlo hoy?
Lentamente alzaste tu cara para mirarme y fastidiarlo todo. Una vez más, me crucé con aquella mirada, con aquellos ojos que tanto había amado y que seguía amando con todo mi ser. Todos mis esquemas, todo lo que tenía en mi mente desapareció, aunque no me extrañó, solo sus ojos tenían ese poder sobre mí. No podía apartar mis ojos de los suyos, y de repente, me vi reflejada en sus ojos intensos... Pero no era la misma que ahora estaba sentada a su lado reteniendo difícilmente sus lágrimas, era la que reía y reía sin parar, la que iba a las doce de la madrugada al parque de debajo de su casa y le hacía bajar para ver las estrellas juntos, la que le recordaba a los cinco minutos de estar sin él.
Sus ojos seguían emitiendo más y más imágenes, dejándome con un mar en los ojos, mientras él seguía hablando de lo duras que se le habían hecho estas últimas semanas sin mí... Aparecían sin cesar cielos que surcamos con los dedos, todos esos bombones que me regalaba cuando me enfadaba, eso siempre funcionaba, y él lo sabía; miles y miles de caricias, besos y tus cientos de sonrisas...
No pude girar la cara, o tal vez no quise. Nunca quise que esto acabara, y justo allí, en aquel momento me dí cuenta de que para mí, esto nunca acabó.

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